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La copia feliz del Edén: Neoliberalismo y Piñerismo

Nicolás Del Valle O.

El cambio de gobierno en Chile dejó al descubierto un sinnúmero de problemas a lo largo de la sociedad. Esto último, no sólo debido a sus estrategias políticas, sino, además, por sus errores y por la naturaleza de todo cambio de gobierno. En términos generales, el diagrama neoliberal instalado por la dictadura militar y perfeccionado por los gobiernos de la concertación ha llegado a una situación sin precedentes, pues sus posibilidades de sofisticación, a manos de la derecha chilena, son aún mayores. De modo que: instalación, perfeccionamiento y sofisticación.
El neoliberalismo en tanto diagrama de poder que cruza la sociedad, no tiene como objetivo último limitar la intervención en el mercado, sino más bien producir equilibrio y homeostasis social. Un sistema de protección social en un marco neoliberal a lo Bachelet es la mejor evidencia. Esta característica ha quedado de manifiesto con la ayuda a la banca luego de la crisis económica de 1983 en Chile o con la crisis suprime en EEUU y la intervención de Obama. Quizás éste fue una de los mayores refuerzos de los gobiernos de la Concertación: perfeccionar los mecanismos de control, ya no mediante la represión explícita y cotidiana vivida en dictadura, sino ahora mediante la introyección del miedo, el aumento del bienestar material en la población y la absorción de los conflictos y resistencias mediante las instituciones democrática-liberales.
Así las cosas, Piñera y sus tripulantes se ubican sobre un país gobernable. Sobre el sistema político, ya no es necesario modificar el sistema electoral binominal, puesto que en las últimas elecciones la alianza entre partidos oficialistas y el partido comunista sirvió de contención a las protesta de cambio del sistema electoral, pues ¿para qué cambiar un sistema, si gran parte de la izquierda extraparlamentaria, ya tiene representación parlamentaria? ¿Para qué cambiar el sistema, argüiría el gobierno de derecha, si los excluidos ya fueron incluidos? Asimismo, la constitución Chilena, que aparece librada de enclaves autoritarios luego del maquillaje del gobierno de Ricardo Lagos, sigue sosteniendo, en lo medular, un modelo de poder neoliberal: un principio de subsidiaridad que rige el rol del Estado.
En cuanto a la dinámica, el discurso piñerista reafirma el mantenimiento del equilibrio y la negación de los conflictos y resistencias. Se extiende un discurso estigmatizador del sujeto popular a partir de enunciaciones del delincuente o lo criminal y enfatizando la centralidad de la seguridad en la política de gobierno. Eslóganes como “la tercera es la vencida”, “la puerta giratoria” o la resignificación del pasado 29 de marzo, día del joven combatiente, en “día del joven delincuente” son los mejores exponentes de esta estrategia retórica. De esta manera, se instalan distintos modos de subjetivación en torno a la delincuencia y se posibilita un conjunto de prácticas represivas y preventivas en torno al espacio público. Los mecanismos de producción de este discurso son, además de los aparatos políticos por excelencia (partidos políticos, políticos profesionales, centros de estudios, etc.), los medios de comunicación. Por un lado se infunde temor y, por otro, de justifica la intervención policiaca o militar con fin mantener el orden, el equilibrio, el estatus quo.
La cultura y la política son los grandes perdedores de esta historia. Mientras que distintos medios de comunicación introyectan el morbo y el miedo a grandes escalas con programas de espectáculos, crímenes o problemas privados de las personas, la industria cultural arrasa con la publicidad y el marketing sobre músicos, actores, creativos y artistas en general. La política no sufre menormente. El espacio público se reduce, la contestación por parte de los sectores dominados disminuye, la resistencia es absorbida. Es hora, como habría dicho Jorge Alessandri Rodríguez, de la “revolución de los gerentes”; es decir, sujetos acomodados con afinidad al cálculo económico y matemático o, en palabras de Piñera, personas de carácter “técnico”. El reflejo en las carteras ministeriales es claro: 77% fueron estudiantes de la Universidad Católica, el 72% son ingenieros de profesión y el 63% de los ministros son socios de empresas. La cuestión queda manifiesta, la llegada de Piñera, sea planeado o no, da cuenta de su relación íntima con el negocio y el avance de una “forma de pensar” centrada en los medios y no en los fines. Es la mercantilización de la política y de la cultura el proceso detrás del cambio de gobierno. En definitiva, el neoliberalismo chileno ha inaugurado una nueva era, esa edad de Oro tan apetecida por los empresarios: el día en que nuestros sacerdotes modernos, los economistas, gobiernen un país como Chile.

El sintoma del recinto penitenciario



El síntoma del Recinto Penitenciario
Por Gonzalo Guzmán T.

Para muchos el principal problema a desarrollar es la educación, hoy por hoy vivimos tiempos de manifestaciones populares realizadas por todos los estudiantes del país, que buscan mejorar las leyes que rigen el sistema educacional chileno. Una vez leí una consigna que decía: «profesor: ¿reproductor o liberador?», en ella vi la gran interrogante de la función que cumple la educación en todos los niveles de la sociedad, desde el umbral familiar hasta la misma formación académica, pasando por todas las influencias de entorno, sea cual sea éste. En este sentido me he querido acercar a la función que cumple la cárcel en la educación chilena. Algunos dirán, qué tiene ver esto con la formación de las personas. Tomando la sociedad como un conjunto de subjetividades, se puede decir que ésta tiene ciertos síntomas que pueden llegar a determinar algún tipo de enfermedad, es más, podríamos hacer una revista entera tratando de descubrir algunos vestigios acerca de su anómala salud. En este caso –y a propósito– identifico sólo uno de ellos, y es precisamente el sistema carcelario.
La cárcel es el lugar donde viven los no-ciudadanos, los delincuentes, los antisociales, los sicópatas, los violadores, los asesinos, los alcohólicos irresponsables, los estafadores, los narcotraficantes, los parricidas, los femicidas, los que más saben de transacciones comerciales, de evasión de impuestos, los que en definitiva, están privados de libertad por algún hecho que escape del status quo, que escape de la legalidad, que sobrepase el estado de derecho. Es la misma institucionalidad la que se ha encargado de legislar acerca del rol que cumple este sistema, hace algunos años se aprobó, y luego se puso en marcha, la Reforma Procesal Penal, que en términos prácticos sólo vino a modificar el sistema de penalización; a modernizar el proceso de castigo. Pero, ¿Quién, hasta el momento, ha manifestado algún tipo de inquietud en el sentido de provocar modificaciones en la manera de «hacer» cárcel? Se ha cumplido con la modernización que se buscaba, se ha –en el papel, al menos– democratizado la forma en que se eligen los jueces; sin embargo, el rol de rehabilitación social que debiese tener la cárcel se ha pasado por alto. Entonces, ¿Puede una sociedad buscar la igualdad, superar la pobreza, si existe un sector de ella –que podría ser un órgano vital que establezca un síntoma mortal– que no tiene ninguna escapatoria a su enfermedad?
Si regresamos con la educación, la cárcel sería el único establecimiento disciplinario que no puede estar “en paro” o “en toma”, por que el poder soberano, entendiéndose éste en el sentido de dominación, no está capacitado de entender, o más aún, no quiere hacerse cargo, de que existe un sector de la población que pide a gritos, la rehabilitación. Ni siquiera el poder popular, entendiéndose éste en el sentido de resistencia, incluye en sus demandas aquellas consignas que sólo están plasmadas en las celdas frías, oscuras e insalubres. En esta lógica, ¿Existe algún conducto por el cual quienes están privados de libertad manifiesten sus intenciones de mejoras? ¿Existe alguna posibilidad que quienes están dentro de un recinto penitenciario tengan alguna leve sospecha de su realidad? Sólo queda para ellos el sentido de supervivencia, que no es más que seguir reproduciendo el acto que el sistema educacional les ha heredado: delincuencia y resistencia. La acción punitiva en contra del antisocial, sin la base de la rehabilitación, viene a confirmar la tesis que afirma que el poder soberano no puede sustentarse sin una porción de gente que esté privada de libertad. Es la institucionalidad la que promueve la multiplicación de los vicios, es ella la que se auto-ingiere heridas y luego su respectivo medicamento, que no es más que hacer de esto una enfermedad crónica, que sustente su poder vitalicio, sobre la base de la seguridad y el orden. ¿Pero la seguridad y el orden para qué? Si cada vez es el mismo sistema el que va reproduciendo sus bacterias y hongos, y va aportando con más especimenes que incrementan este sector marginado.
Con todo, además, podemos encontrar grandes paradojas que ocultan el verdadero deseo institucional, y que más bien muestran fallas en el control sobre los que comenten actos delictivos. Es cada vez más común la sensación de inseguridad ciudadana, la sensación del ciudadano común y corriente de sentirse invadido por los “poblacionales” en todos los sectores de la urbe. Por eso, ¿Se está atacando bien el problema de la seguridad y el orden? ¿Sirve la seguridad y el orden, si es que se cumpliera, si no se quiere mejorar la matriz de la enfermedad? Pareciera que existe la intención de reproducir. El Estado ejerce su legítima violencia en contra de este sector que desde su génesis vive violentamente, que por coincidencia es el sector más desposeído socioeconómica y culturalmente, que encuentra más una multiplicación de su pobreza que una corrección o liberación, que de pronto no encuentra otras alternativas que delinquir, lo que se convierte en una de sus tantas manifestaciones de miseria, sumida y ramificada, tan involuntaria como innecesaria, y que hace del mismo sistema, algo vulnerable, paradójico y destructible…(Esto último, tema para otra discusión).

Artes y letras: el avance de la industria cultural en Chile


Artes y Letras: el avance de la industria cultural en Chile.

Por Nicolás Del Valle O.

El paisaje cultural en Chile está atravesando un proceso de canibalización. Dentro del campo cultural, el ámbito de las artes –literatura, teatro, música, plástica y video- puede caracterizarse durante estos años por una división entre, por un lado, la «industria cultural», consistente en los medios que operan para el «mercado de mensajes» (como la televisión, radio, industria editorial y discográfica) y, por otro, una «cultura no-oficial», que funciona entorno a circuitos comunitarios, asumiendo una expresión marginal, y en medios no comerciales y autogestionados. Esta diferenciación, aunque útil por su valor explicativo, no logra aprehender la que sucede en la realidad nacional. Lo cierto es, que ambas lógicas operan de manera simbiótica y coordinada, donde muchas veces lo no-oficial pasa a ser la punta de lanza en el avance de la industria cultural o, por el contrario, donde los grandes productos industriales (como los personajes famosos de canales de televisión) quedan en el suelo como desechos o insumos ya exprimidos hasta la sequedad. «Lo alternativo» no es más diferencia, sino moda y repetición. No es que se haya desarrollado algún dispositivo de réplica o resistencia a la cultura de masas, sino más bien, se han formado conglomerados de «aficionados» que, si es que llegaran a mostrar un rasgo de singularidad u originalidad, serían cooptados por «cazadores de talento».
En el caso de los libros y la literatura, el circuito latinoamericano se encuentra, por un frente, a la dictadura editorial barcelonesa y, por otro, al avance de seriales de televisión de larga duración; en otras palabras, están frente a la espada y la pared. Luego de la nueva narrativa chilena, donde la literatura era parte de la cultura pop, se ha dejado espacio a grandes seriales de televisión (principalmente de televisión por cable) que cautivan adictivamente con una múltiple gama de personajes y sub-tramas. Junto con ello, si no se logra publicar en una casa editorial española, la literatura no garantiza su éxito frente a los lectores. El libro y el modelo de cultura que éste representa, parecen ceder frente al avance de los productos mediáticos, a menos que logre reinventarse y posicionarse de manera diferente a la «alta cultura» con la cual se enlaza.
Asimismo, ya con la llegada de la dictadura militar el teatro sufre un gran retraimiento en el campo universitario, perdiendo su calidad experimental que hasta ese entonces lo distinguía. El surgimiento de un «teatro comercial» acompañado del género televisivo de la telenovela se contrapone a otra forma de cultivo de las artes escénicas. El contrapunto de la industrialización del teatro en dictadura, fueron las variantes en el teatro profesional independiente (estilo ICTUS) y los de corte aficionado como el teatro «popular». Es el primero de estos (profesional independiente), el que alcanza una estabilidad, aunque precaria, dentro de las artes escénicas. De hecho, es el nicho en donde se insertan los distintos actores exiliados con el fin de acomodarse nuevamente en el ambiente artístico post-autoritarismo ya institucionalizado gracias a pequeñas subvenciones por parte del Estado. De esta manera, si bien existe un aumento del público asistente al teatro, ésta se debe principalmente al crecimiento de casas de estudios que imparten la carrera a niveles masivos y a la sofisticación de los eventos, con artistas reconocidos o temáticas estereotipadas. Así desde la creación teatral y cultivo de la cultura se llega hasta la formalización de una producción escénica y consumo cultural.
En el ámbito de la plástica no es muy distinto al anterior. El consumo cultural comprendido, en este caso, como asistencia a exposiciones de artes visuales claramente ha aumentado. Desde la década del 80 la plástica es acompañada por el surgimiento de instituciones privadas que fomentan e instrumentalizan las artes visuales. Dentro de ellas podemos contar con la presencia de grandes corporaciones como CCU, Telefónica, Bank Boston y Chiletabacos, quienes han contado con programas de fomento a las artes, principalmente visuales. La plástica se trenza con la publicidad y con ello el fortalecimiento de galerías en lugares «top» del barrio alto. La publicidad y la instrumentalización corporativa son las piezas que sustentan el avance de galerías de arte que ofertan obras dirigidas a un público segmentado y previamente evaluado. Sin embargo, hay que mencionarlo, aún se tiene a los museos, como plataformas ya tradicionales dentro del mundo artístico, y ciertas galerías del ambiente no-oficial que podrían desarrollarse.
En cuanto a la música el cambio ha sido radical. Ya desde el siglo XIX la música representaba uno de los factores más importantes dentro del campo cultural. No obstante, si bien antes la práctica musical, es decir, cantar y tocar la música, era una necesidad para el cultivo de música; ahora se entiende bajo la suma de descargas vía Internet, la recepción radial, asistencia a eventos masivos o compras de discos compactos. La música, entendida como creación musical, viene siendo caníbalizada por la industria discográfica, y ésta por las redes de ordenadores «peer to peer» de Internet. Así, en la actualidad, hablar del público de música implica hablar de un público recluido en su hogar reproduciendo música en su computador o mini-componente; recluyendo a lo excepcional la creación y práctica musical.
Al parecer la institucionalización de un cierto modelo de producción cultural, acompañado de ciertos dispositivos de mercado que moldean las relaciones que ocurren dentro de lo cultural, son los ingredientes del circuito cultural en Chile. El avance tecnológico, entonces, comienza a fundirse en una sola pieza con la cultura, orientado, por supuesto, a un tipo de sociedad del espectáculo y la farándula. El carácter transversal que se encuentra es la producción cultural, salvaguardada por el marketing y la publicidad, dota de cierta profundidad en el imaginario colectivo. En la actualidad, por lo tanto, conviene hablar de producción cultural. De «producción», «consumo» y «mercado» cultural, donde la totalidad de productos artísticos se enmarca con mayor seguridad. Pero, ¿acaso no existe alguna exterioridad cultural a esto que hemos llamado «industria cultural»? Existe, pero no a los ojos de muchos o de manera directa y por imágenes (como sucede en el mercado de mensajes) sino que camuflada, mimetizada en otros ámbitos, como la vida cotidiana y las fiestas, por ejemplo. Así, la creación artística y el cultivo de la cultura que se podrían situar fuera de este aparataje industrial, es invisible a los ojos de la industria, pues de lo contrario serían cooptados por los mencionados «cazadores de talentos», quienes ya tienen aminorado su trabajo gracias al valor agregado de la fama y del estatus de ser conocido.
Por lo tanto existe una forma de cultivar la cultura, ya no mediante las cámaras de TV y asociaciones económicas, sino a través de una lucha por la cultura fuera de la industria masiva y el mercado de mensajes, enfrentada a nosotros mismos, en el quehacer diario, en el arte mismo de vivir. Esta política de vida, completamente distinta a la del artista-oferente de cuño industrial, se propone una reacción en cadena en contra de, por un lado, los artistas de su tiempo ligados con la diversión y la sociedad del espectáculo y, por otro lado, en contra de sí mismo intentando negar las tentaciones de la maquinaria cultural y a la vez auto-criticándose con el fin de ser novedoso en su creación. Ulteriormente al disciplinamiento cultural ocurrido bajo el régimen autoritario, la fragmentación cultural manifestada en la especificación de la especificación de las prácticas artísticas (por ello la falta de artistas integrales que transitan entre los distintos ámbitos de la artes), entronca como columna vertebral de la cultura chilena actual. Es solo el espíritu del artista, que busca la creación y no la (re)producción del arte, quien puede ubicarse como una excepción frente a la regla de la industria.

Ciudadanía periférica



Ciudadanía periférica
Por Daniel Romo L.

Si hacemos una revisión rápida al ambiente político social, y nos centramos en los actores sociales y sus visiones, podemos detectar temas que cruzan transversalmente en todos los conflictos en la actualidad. Si bien, podemos enfrentarlos por separado o parceladamente, encontrando ciertas regalías y acuerdos sectoriales que puedan solucionar por algún momento el problema o conflicto, en los últimos tiempos se nota una cierta desconfianza, rechazo creciente, reflejada claramente en la llamada crisis de representatividad, hacia los actores políticos tradicionales de las democracias liberales modernas, los partidos políticos y sus políticos profesionales.
Estos partidos y por sobre todo su elite política, están bien cómodos y creen que lo hacen muy bien. Piensan, principalmente, que Chile es un ejemplo de democracia, esto principalmente por que conversan, dialogan, crean grandes acuerdos entre sus cúpulas partidistas, gobierno y representantes o elegidos en votación ciudadana; el hito principal en donde nosotros, pobladores de este territorio, participamos en la elección de quienes nos representaran en las diferentes estructuras de poder que nos gobiernan.
Pero, ¿es el voto la única participación posible de la ciudadanía en las tomas de decisiones en temas que nos incumben a todos? Espero que la respuesta de la mayor parte de las personas en este momento, sea que no. Por mi parte, creo que tenemos que pasar a un proceso de radicalización de la democracia, en donde los modernos partidos políticos y sus lógicas partidistas de relaciones de poder y cooptación clientelar, no puedan seguir interviniendo y haciendo las tareas por nosotros. Esto significa romper con procedimientos paternalistas, jerarquizados y verticales que se acostumbra en todo el proceso de toma decisiones, y comenzar con nuevas formas de enfrentar y construir los problemas y sus soluciones. Este cambio pasa por mayor participación, y no solo de elección de una cosa u otra, si no en toda las instancias de discusión, problematización y elaboración de temáticas claves para el país y tu localidad más cercana, asuntos que nos incumben a todos.
Muchos dicen, «dejémoselo a los expertos ellos decidirán lo mejor», o «los ciudadanos no están aptos para entrar a estas discusiones», o simplemente aluden a la falta de tiempo de los ciudadanos para justificar su no inclusión, o meramente nos dicen: «para esto estamos nosotros, para decidir por ustedes». Todas justificaciones que solo buscan perpetuar en algunas manos (las mismas de siempre) los que decidirán nuestros futuros.
Pero claro, esta apertura, en donde la clave es el empoderamiento ciudadano, no le gusta a nuestra elite política, es como que si les estuviesen quitando atribuciones, ganadas por años y años de lucha que les permitió quitarle poder a los reyes e incluirlos a ellos en las estructuras de poder, creando todo un ordenamiento legal que constituirá su legitima nueva posición de dominación amparados en la Constitución.
En el caso de Chile, nuestra constitución es heredada de la dictadura, una constitución autoritaria y profundamente conservadora, llena de limitaciones a la participación, en donde ésta se toca solo para elegir mediante el voto a nuestros representantes, y además acompañada por un sistema binominal, que asegurará el triunfo a las mismas coaliciones, ¿para que votar así?
Esto es un tremendo desafío para las diversas organizaciones de la sociedad civil. Se deben encontrar métodos que nos ayuden a nutrir de más y mejor información, para que estas puedan hacer de contrapeso y no se les excluya reiteradamente por ser “discusiones de expertos”. Una idea, que e escuchado en algunos encuentros de organizaciones para enfrentar esto, es que el Estado disponga de dineros para contratar expertos a las organizaciones, quienes ayuden a sistematizar las ideas y observaciones de éstas, colocándolas en una mejor posición, creando la posibilidad de construcción de alternativas, capacidad de defensa de sus derechos y por sobretodo mayor inclusión y participación de los pobladores de la ciudad, los ciudadanos.
Ahora, ¿es la forma de enfrentar estas lógicas elitistas, paternalistas, en donde los partidos políticos son el centro y el resto, los ciudadanos y sus organizaciones, la periferia? Francamente creo que no, es solo una arma de fogueo, pero que puede meter algo de bulla.

Medios de información, televisión y consumo.


Por Daniel Romo Lagos.
Revista Nº 11, 2007, año 3.

La preocupación que me llevó a la inspiración de la palabra en nuestra querida revista; primero, representa resistencia a la concentración -en pocas manos- de los medios de comunicación; segundo, sus implicancias en el que pensar; tercero, la realidad que se construye con esta; y cuarto, una inspiradora forma de resistencia.

Hoy en día los canales televisivos nos están mostrando acciones y vivencias que no representan la cotidianidad del pueblo. La globalización hace que existan temáticas que aunque no tienen implicancia global, ni presentan una gran importancia o relevancia, se instalan en la parrilla programática y ganan preeminencia. El neoliberalismo aparece como eje ordenador, ya no tan sólo de la economía, sino más bien de nuestro sistema de vida, hace aparecer formas de consumo, necesidades que tratan de convertirse en deseos, los cuales a lo mejor nunca pensaste tener o simplemente son irrelevantes tras la cantidad de necesidades que existen en tu realidad. Modas; cahuines de farándula, lucha diaria por poder que se enfrentan los modernos partidos políticos; teleseries con historias de ricos con lujosas casas, carros y variados consumos, que marcan una realidad que, como bien dije, no representan para nada a la gran mayoría de pobladores de nuestras ciudades.

Sobre esta base se construye la realidad que nos muestra nuestra cajita de TV; más o menos es lo que encontramos. A esto hay que agregar que sus líneas editoriales son similares, todas conservadoras, de derecha y sumisos a los grandes poderes económicos (como no, si son quienes los financian). Para ver esto veamos quienes son los dueños o a quienes representan los canales. Canal 13 y ucvtv, canales que siguen los lineamientos eclesiásticos; Megavisión (canal 9), su máximo accionista es el empresario Ricardo Claro, un reconocido Opus Dei que bajo la firma CIECSA maneja sus inversiones en el ámbito de la información; Chilevisión, manejado por nuestro empresario-político de moda Sebastián Piñera (RN); Red Televisión (canal 4) manejado por los mismos accionistas del consorcio periodístico de Chile S.A (COPESA)*que desde 1995 pasa a sercontrolado por Sergio De Castro, ex ministro de Hacienda y Economía de Pinochet, y Juan Carlos Latorre Díaz, ex discípulo de De Castro en la Universidad Católica; Televisión Nacional de Chile (canal 7) representa al Estado Chileno, ésta tiene autonomía (económico e editorial) del gobierno que este de turno, siendo el director seleccionado por el Presidente de la República y luego ratificado por el Senado, convirtiéndose en otras palabras en el representante público televisivo de los acuerdo, consensos e ideas de la elite partidista Chilena.

Por otra parte, para hacer televisión (televisión privada) se necesita gran cantidad de dinero, sin éste, como en muchas cosas, no se puede hacer nada. Para financiarlo necesitan de auspiciadores, los que pagan por mostrar sus productos y llamar a consumirlos. Pero un minuto en televisión es muy costoso debido a la gran cantidad de personas a la que llega, por ende pagan solo las grandes empresas y grandes tiendas, las que llaman al consumo y más consumo, ayudando a perpetuar esto y a llevarlo como forma de vida, recordando todas las posibles necesidades, lujos y carencias en nuestro diario vivir, las que son alimentadas artificialmente día a día, incluso cuando uno esta relajándose viendo TV. Son los auspiciadores quienes financian y quienes eligen dónde y a qué hora ponen sus avisos comerciales, esto hace que los canales sean sumisos y defensores de los intereses de estos grandes poderes económicos, limitando en cierto modo su programación en espacios que vendan más con excesiva entretención, gran cantidad de tiempo dedicado en los noticiarios a la seguridad (recaída en la crónica roja), y al espacio de deporte que es principalmente el fútbol (ya va más de media hora de noticiario). De esta forma se manejan los limites sobre qué pensar, pero ojo, no cómo pensarlo.

A esta realidad, o lógica de hacer televisión, con sus altos niveles de recepción y credibilidad de la sociedad a lo que nos entrega la TV, aparecen, siendo esta mi esperanzadora resistencia, “Pobladores hablando para pobladores, estudiantes para estudiantes y trabajadores para trabajadores, todos periodistas de la vida diaria”, este paréntesis representa unas de las bajadas que creó la «Señal 3 de la Victoria», nacida en una población combativa, con altos niveles de organización y receptora del poder coercitivo de la fuerza policial-militar de Dictadura y Democracia, donde en una se le ataca por ser un punto de resistencia al régimen y en otros por delincuentes*, detalles y vivencias que marcan el día día de los pobladores de la población.

Este año cumplen 10 años entregando programación alternativa de TV abierta, “con contenidos Culturales y críticos, sin financiamiento, con colaboradores que con mucha creatividad y pocos recursos le sacan la cresta a la TV corriente”Mostrando una TV que no se limita en los dichos por líneas editoriales que muestran sin vergüenza la realidad de nuestro diario vivir de quienes representan, con una programación enriquecedoramente cultural y no por ser así menos atrayentes para los pobladores, noticiarios del barrio donde ya no salen solamente en la TV por motivos de droga y delincuencia. Los últimos estrenos, películas, documentales, dibujos animados, y programas creados por los vecinos que hablan de lo público de su realidad.
Notas
* Como sabemos la delincuencia vende, esto trae que las poblaciones aparescan en la TV como puntos de delincuencias, reflejando el poblador en esta, como una realidad minimizada y miope.

* Conglomerado que junto con el Mercurio manejan 8 de 9 de los medios de comunicación escritos de carácter nacional, manejando el 60 % de la inversión publicitaria en diarios(dos lineas editoriales que si no son iguales, similares)

Sobre Seguridad, Vigilancia y Dominio

Por Nicolás Del Valle O.
Revista Nº 11, 2007, año 3.

Junto a la Opinión Pública, hemos sido testigos como ha aumentado crecientemente el interés por la «seguridad» en nuestro País. El aumento de violencia, cristalizada en la muerte de un carabinero el 11 de septiembre y la aparición de armamento en poblaciones, provocó el inmediato despliegue de críticas y señalamientos relacionados con la delincuencia y mal manejo del actual gobierno. La seguridad, capitalizada por el discurso de la derecha chilena, se presenta no tanto como la solución a problemas particulares (o «hechos aislados», como diría el vocero de gobierno) relacionados con el manejo de las armas en sectores –mal llamados- populares, sino más bien con la instauración de un orden social en general. La seguridad, formalizada en tácticas y estrategias policiales de corte preventivo, aparece como el líquido capaz de ahogar las grandes llamas de la violencia, delincuencia o –como nos gusta decir ahora- «estallido social». Este razonamiento me parece un tanto equívoco.
Si bien es cierto que las breves líneas esbozadas mas arriba no logran endosarse -y espero no lo hagan- a toda persona que se identifique con «las derechas»; sin embargo, no es menos cierto que existen ciertas opiniones que apuntan en la dirección que trazo. Así mismo vale hacer patente que conceptos como por ejemplo «orden social», «seguridad» y «estallido social», son tan amplios que terminan diluyéndose y vaciándose de significado en el imaginario colectivo (al igual que los «salarios éticos», «diálogos sociales» y «equidad social», articulados por el oficialismo). Las evaluaciones de nivel macro y manejo sustantivo de estadísticas dejan de manifiesto el crecimiento de la delincuencia. Igualmente el incremento de empresas privadas entorno a la «seguridad ciudadana» hace saber que la seguridad es un tema relevante y generador de debate. Ahora, si bien esto es poco discutible, o más bien, espinoso de discutir; lo que me interesa en este caso, es obviar las grandes dificultades y complejidades de tratar esta apreciación general y de nivel macro en la realidad chilena. De hecho, me vuelco a profundizar en la dinámica micro, en una de las posibles implicancias políticas en el ámbito de la vida cotidiana.
La cultura política se ubica entre estos niveles que yo califico como «micro» y «macro». Viene a ser una suerte de pegamento o sustancia que establece una relación de puente entren los niveles de cada una de las personas, nuestra vida cotidiana, y las características generales del sistema. Viene a ser lainternalización del sistema político por parte de las personas de una comunidad, una internacionalización subjetiva. ¿Qué quiero decir con esto? La cultura política viene a ser un entramado no visible materialmente que involucra lo que creen, piensan y sienten las personas, siendo la socialización, la relación entre las personas, el vínculo que extiende.
La seguridad, que apunta al establecimiento de un orden social y público general gobernado por la espada de la sanción, comienza a expandirse mediante distintos mecanismos: el aumento de operaciones policiales, retenes móviles y contingente armado; La proliferación de empresas privadas de seguridad (tanto en lo público como privado); y observación continua de cámaras de televisión. Lentamente el certificar la propia identidad por medio de pasaportes, cédulas y documentos, comienza hacerse necesario. Policías y Guardias de conserjería, universitarios, y comunales. De esta forma la seguridad comienza a reproducirse en distintas formas dentro del día a día, en la cotidianidad. ¿Pero cuál es el problema con esto? ¿Acaso no es óptimo sentirnos seguros de una amenaza externa? ¿No es la seguridad constituida en un orden general la respuesta idónea a la inseguridad? Detrás de la seguridad y la capacidad de constituir un orden social general y permanente, existe cierto poder. El contenido del cómo se ha concebido la seguridad es la idea de Dominio; dominio, en este caso, sobre la cotidianidad. La cultura política comienza a domesticarse y acostumbrarse frente a los destellos de los dispositivos de seguridad. ¿Algunos ejemplos que pueden ilustrar lo que quiero decir? En EEUU un juez federal decidió que colocar un detector GPS en el auto de un sospechoso, el Estado Suizo escucha los teléfonos celulares, la Federación Francesa de Aseguradores pretende en la actualidad acceder a los datos personales y los certificados médicos electrónicos, y el parlamento australiano adoptó leyes que permiten a la policía espiar los correos electrónico.
Los «niveles macros» afectan a los «niveles micro», y así las formas de relacionarse adoptan internamente ese dominio. Siguiendo al filósofo e Historiador Michel Foucault, los mecanismos de dominio se internalizan subjetivamente. Para hacer valer la seguridad que se busca, se mantiene detrás la imagen de la «sanción disciplinadora», que en el caso de la seguridad pública y política se sustenta en el medio específico del Estado: la violencia.
Los dispositivos aplicadores de seguridad, terminan homologando a un Leviatán capaz de imponer el orden. Pero esta vez, un «Leviatán invisible y vigilante» que se ubica en el campo de lo simbólico; en la cultura política. Con esto me refiero a la coacción, es decir, a una amenaza de aplicación de violencia (siendo esta última no necesariamente física). En otras palabras dichos dispositivos vienen a ser, como diría Foucault, un régimen de «biopoder»: un control sobre la producción de la vida humana, pero ya no en espacios cerrados, sino más bien en lugares abiertos y públicos. Sin duda alguna la inseguridad vista desde lo «macro» necesita respuesta desde ese mismo nivel. Pero la seguridad debe ser (nótese, debe ser) tan solo un instrumento, y no para lograr una paz perpetua, sino para garantizar ciertos espacios de autonomía y posibilitadores de prácticas emancipatorias. Pues de lo contrario la transformación de los procesos de socialización podría encaminarnos a una «sociedad del control», muy bien narrada por George Orwell y su vigilante «Gran Hermano»

¿Una política sin distinciones?

Por: Nicolás Del Valle O.
Revista Nº10, 2007, año 3.
La dimensión semántica, como propia del lenguaje humano, se refiere principalmente a las significaciones de las palabras. Se preguntarán a qué me refiero. De cierta forma la semántica vendría a ser la gama de significados que rodean a una enunciación o significante. Y como toda relación social se construye sobre la base del lenguaje humano, la semántica cubre un gran, sino todo, el espectro de la vida humana.
Lo importante de lo anterior es que la semántica es lo que entra en juego cuando lo «que se dice» expresa o no realmente «lo que se quiere decir»; cuando lo que decimos tiene, o no tiene, relación directa con el significado que nosotros queremos enfatizar. La semántica enriquece el lenguaje, no tan solo con una gran gama de significados que se asocian a un acto, palabra o discurso, sino también con contradicciones, chistes en doble sentido e, incluso, la posibilidad de ironizar sobre algunas cosas de la vida.
Ahora, si bien es evidente, luego de lo que se dijo líneas mas arriba, la política se caracterizaría particularmente por tener «mucha» semántica. Muchas veces algunos dirigentes políticos «dicen algo», pero, luego de recurrir a la semántica, dicen que eso «no es lo que querían decir». Por otro lado, muchos políticos realizan acciones en aras «del bienestar de la gente», pero extrañamente son mal interpretadas y se le asocian significados completamente opuestos al «bienestar social» (con mi ironía, soy yo quién apela ahora a la semántica). Podría seguir, pero no quiero extenderme en demasía. Lo relevante de la cuestión es que se podría decir, desde este ángulo, que la política se caracteriza por una «hiper-semántica», o a lo menos, de una gran gama significaciones que pueden ser comprendidas, a lo menos, como diferentes.
Con todo ¿Qué quiero decir con esto? Hace ya algunos días atrás tuve la oportunidad de ver un breve entrecruzamiento de argumentos entre el ex candidato presidencial de Renovación Nacional, Sebastián Piñera, y el cientísta político Alfredo Joignant. Todo esto en el marco de un programa de televisión del departamento de prensa de TVN.
En tal ocasión, el cientísta político se refería a la coalición gobernante como «Concertación» mientras que a la coalición opositora la denominaba como la «Derecha». Frente a la distinción hecha por Joignant, el ex candidato presidencial argumentó en contra, diciendo que la distinción entre ambas coaliciones debe ser por sus respectivos nombres (Concertación y Alianza), ya que si se identificaba a la Alianza con la Derecha, la Concertación debía identificarse con la izquierda. ¿Qué tienen de novedoso o de controversial lo anterior? Según Joinant la Concertación no es una coalición típicamente de izquierda, sino más bien de «centro-izquierda». Aquí es donde entra en juego la semántica, pues la contra argumentación lanzada por el político es que «si hablamos de centro-izquierda, también debemos hablar de centro-derecha», equiparando la comparación. Pero ¿Qué significa lo anterior?
Lo que aquí entra en juego, la semántica, no es una simple utilización de tal o cual concepto, pues lo que hay tras la conversación, independientemente lo que uno puede opinar sobre la posición sobre uno u otro, permite realizar una reflexión más o menos significativa sobre la política y lo político.
Lo que sucede tras la discusión de estos personajes es una disputa por el «centro» del espectro entre izquierda y derecha. Por un lado, el Sr. Joignant, al hablar de «concertación y derecha», incorpora el sector de centro a la concertación, excluyéndolo de la derecha. Por otro, el Sr. Piñera hablaría de «centro-derecha», atribuyéndole a la derecha cierta cualidad del centro político. Ambas posturas concuerdan en algo: El centro del espectro político tiene gran relevancia para la realización de las propuestas de ambas coaliciones.
Si bien la aseveración hecha en el párrafo anterior parece ser verdad ¿Acaso no parece obvio que el centro político es una variable crucial a la hora de competir por el Poder en la política chilena? Es cierto, puede que sea verdad, pero es una verdad trivial, como decir que «2+2=4».
Lo interesante de la discusión es que podría reflejar la constante política centrista que ha caracterizado en la actualidad a la política tradicional chilena. Orientación que al acercarse al centro del espectro político, dificulta la identificación entre lo que vendría a ser la izquierda y la derecha. Esto nos lleva a otra interrogante ¿Existe un eje diferenciador entre la izquierda y la derecha, además del obvio rol histórico que han tenido los partidos políticos entorno a uno u otra posición? por lo menos de manera superficial, y de buenas a primeras, la respuesta sería negativa.
Al parecer este estatus difuso entre izquierda y derecha, concuerda con las posturas de ir «más allá» de la llamada política entre izquierda y derecha, superponiendo a las cuestiones técnicas por sobre las políticas. Buscando amplios consensos, evitando así un conflicto que incomode a la «clase dirigente». Por otra parte se suele asociar este discurso centrista, particular de la «tercera vía» formulada por Giddens -y expuesta en cierta medida por Blair- o esta izquierda «renovada» de los noventas.
Lo que se intenta plantear es que esta concepción de lo político, que trata de arrasar con el conflicto y el antagonismo, acercándose a posturas consensuadas y centristas, termina por disociar el carácter conflictivo de la política democrática. Logrado así, «vaciar de significado» a conceptos como izquierda y derecha. Lo cierto es que dicha perspectiva termina por concebir acuerdos en un «gran» número de ámbitos, y no sólo en algunos considerados como esenciales, encerrando el debate y el antagonismo entre dichos puntos de consenso. Puntos de consenso que aumentan acorde al desplazamiento de la política chilena hacia el centro.
En efecto, las relaciones identitarias y de poder que constituyen la política democrática son marginadas hacia lo «indebido», entendiendo estas formas y luchas de poder como ilegítimo; no por nada aparecen políticos, negando el rol constitutivo del Poder, esgrimiendo que el «Poder corroe las instituciones políticas».Esta concepción «consensuada» de lo político podría cristalizarse en un impedimento de los cuestionamientos, configurando así una perspectiva en el «sentido común» de carácter monocromático y unidireccional en cuanto a la realidad política. -


Hombres de ideas. Intelectuales y su trabajo sucio.

Por Fedrico Zetético.-
En la actualidad ser un «hombre de ideas» se asocia de inmediato a un intelectualismo barnizado con cierto tinte peyorativo. Se comprende como una visión de mundo que afirma la superioridad del entendimiento sobre la actividad. Esto, debido a que nos ubicamos en la época de «lo práctico», donde la teoría queda asumida en un lugar muy cercano a la verborrea o la charlatanería. En efecto, ser intelectual en el mundo de hoy implica estar alejado de lo realmente útil, alejado de la realidad, centrado en el mundo de las ideas.

Lo enunciado en las líneas anteriores suena indiscutible, pero como todo argumento que se muestra indiscutible, tiene ciertas zonas grises que tienden a ser omitidas por los «críticos de la teoría». A mi parecer son éstos los que recaen en lo que ellos mismos critican: una fundamentación acerca de la superioridad de una dimensión por sobre la otra; «lo práctico» por sobre «lo teórico». A mi entender la crítica que subyace de estas posturas entendidas como pragmáticas, caen en un error garrafal: Exageran –muchas veces caricaturizando– la postura de su adversario para luego entrar a increpar. Lo que planteo es que finalmente los ataques que se realizan se dirigen a «caricaturas» formuladas por los mismos increpadores, terminando en un diálogo de sordos entre vivir en el mundo de las ideas versus vivir en el mundo de lo real. Algunas personas se orientan hacía la adoración e idealización del intelectual, añadiéndole etiquetas de distinción, elegancia y supremacía, siendo éstas quienes precisamente superponen las facultades del intelecto por sobre las del actuar. Mientras que por otro lado, aparecen los detractores y caricaturistas del hombre que gusta del Pensar. Si bien ambas posturas me desagradan y las desapruebo, me preocuparé de ésta última, pues es la que me urge, ya que lentamente se ah ido instalando en el sentido común.

No toda persona es un intelectual. El intelecto, a diferencia de la inteligencia, consideraría la capacidad de extraer de la experiencia reflexiones que trasciendan las acciones que se realizan frente a los acontecimientos. En este sentido «la inteligencia» intenta reordenar, manipular, restringir y ajustar; mientras que «el intelecto» critica, examina, imagina, teoriza y contempla. El intelecto figura como un prisma particular de la mente humana. Como diría el ensayista norteamericano Richard Hofstadter en la obra que le otorgaría el Pulitzer: «es el ángulo crítico, creativo y contemplativo de la mente».

Comencemos a dragar un poco. Ciertamente este juicio sobre las pretensiones de los intelectuales acerca de la superioridad de la vida contemplativa sobre la vida activa es correcto en variados casos; sin embargo, creo que no es la característica fundamental, ni menos distintiva, de los intelectuales. Lewis Coser expondría en su obra Hombres de Ideas, el punto de vista de un sociólogo que las ideas no son un instrumento para el intelectual, sino un fin: el intelectual se maravilla con el juego de la mente y con la belleza de ciertos juegos de palabras. Los caracterizaría una curiosidad (pues son seres de espíritus inquietos) pero no una curiosidad a secas, sino una curiosidad ociosa. Los intelectuales vienen a ser quienes hagan cierto «trabajo sucio», el trabajo que en tiempos de otrora le correspondía al bufón. Ahora, en los tiempos de lo práctico, donde jugar en el mundo de las ideas termina siendo algo poco atractivo, de baja utilidad y desdeñable, el intelectual se muestra –al igual que el bufón– en un bajo nivel, pero que al mismo tiempo se le permite mofarse de los poderosos. Eh aquí el punto de inflexión en este artículo.

Los intelectuales no son más que los bufones del mundo contemporáneo. Caldos de cultivo de críticas y reflexiones sobre las ideas. Quienes se toman en serio las ideas, y como tales, caen mal, irritan, sacan de quicio y son considerados graves o muy serios. No obstante si los técnicos, los hombres de la praxis, trataran de ocupar el lugar de los hombres de las ideas probablemente nuestras culturas morirían embalsamadas.

Y como sonaría obvio: Alguien tiene que hacer el «trabajo sucio». La línea de mi argumento estriba en la posición estratégica del intelectual, caracterizado por el juicio de lo público, susceptible de crítica y desapruebo, pero que a la vez se extiende mitigando el anquilosamiento e inmovilidad de las sociedades. «Trabajo sucio» que le da un valor abrumador a los conflictos de las ideas y que les da, a quienes lo ejerce, la calidad de manipuladores de símbolos.

Esta cualidad se comparte con otros hombres de ideas, mediante una misma sensibilidad o estado de conciencia, compartiendo y versando sobre temas comunes. Grupos de intelectuales se han formado a lo largo de la historia, pero en país latinoamericano y en tiempos de la técnica escasean. Sólo puede asociarse a cierto sector pequeño-burgués o de la alta aristocracia. Además un grupo de hombres de ideas, implica un grupo de bufones que incomodan, molestan la paz y tranquilidad de quienes dan todo por sentado y disimulan frente al mundo de las ideas y las palabras. No tendría problemas en aceptar la postura de quien diga que los intelectuales son ciertos personajes pedantes y engreídos. Se dibuja un intelectual que trata de posicionarse en un lugar distinto, como ambicionando tener cierta perspectiva del mundo más «real» o «verdadera». Gran cantidad de intelectuales, sino todos, se muestran como guardadores de ciertos valores e ideas básicas; figuran con cierta sabiduría. Esto es un error. El intelectual no supone gran cantidad de saber, aunque éste le facilite la sagacidad a la hora de reflexionar. Lo que aquí sucede es que el intelectual es parte de cierto secreto caprichoso, propio de él, que se proyecta en su singular juego de lenguaje. De esta forma el intelecto figura como una perspectiva distinta, particular, que dista de conocimientos universales como la verdad.

Este es el «trabajo sucio» del intelectual: ser algunas veces tomado muy enserio, otras muy ligeramente. Como dije el intelecto es un ángulo no un salvoconducto que nos lleve a la verdad. Es una perspectiva que se ve floreciendo diferentemente a, por ejemplo, la inteligencia de la técnica o a la capacidad de actuar en los pasillos del Poder. Ninguna dimensión se sitúa por sobre la otra (incluso aunque muchas veces se entremezclen, flirteen y coqueteen). Prismas diferentes retienen una fotografía distinta, entonces ¿Cuál es la fotografía más fiel a «lo fotografiado»?
En la contemporaneidad, los intelectuales escasean por dos motivos; primero por el avance del sentido común articulado en base a la relevancia de «lo práctico» por sobre «lo teórico», siendo criticados por su poca utilidad y testarudez; en segundo lugar, por que se ven concentrados allá arriba, en las salas de las élites generando ideas que no bajan de dichos círculos, haciendo de bufones para los poderosos. Sin embargo realizar este trabajo sucio del juego de la mente, de dar y dar vueltas en el mundo de las ideas sólo por deleite, de ser etiquetados, reconocidos y enjuiciados, aparece actualmente como un espacio creativo y deconstructivo de la simple reproducción; en otras palabras, se asoma como un momento de lucha y resistencia.